13 enero 2006

Variante

UNA LAPIDA PARA FEDERICO GARCIA LORCA
Francisco Bonal García

Una tragedia griega, que no es precisamente del inmediato ayer, está fundamentada en que una hermana intenta enterrar a su hermano, a quien el tirano de la ciudad ha doblemente condenado, a la muerte y a ser devorado por las alimañas, al carecer de sepultura. La menciono porque, a veces, lo que parece proceder de un ayer nebuloso y originario, sin contacto con el presente, se nos aparece ante nosotros, gritando a la conciencia.
Si pensamos dos veces, la cuestión que tenemos ante los ojos, nos daremos cuenta de que si podemos peregrinar a la tumba de Larra, hoy es imposible ir a dejar unas violetas en la tumba de Federico García Lorca.
Con el centenario del nacimiento de Federico García Lorca, nos encontramos con que los que se asoman a los homenajes que se le tributan, con justicia, llevan una cara en exceso satisfecha, sin advertir que los homenajes se están dando a un muerto sin sepultura conocida, más precisamente, a un hombre a quien se arrojó a un barranco, y ¡ahí te quedas! Hasta la fecha.
Porque es hipócrita llevar su nombre, y su obra, en andas, y no haber cumplido con sus restos mortales la última ceremonia de la piedad, y del reconocimiento como hombre, que es un entierro digno. Debo recordar que los enterramientos suponen el comienzo de la civilización.
Se deja el despojo de un perro o de cualquier otro animal metido en un hoyo, a merced de otros animales, en mitad del campo, pero cuando se trata de Federico García Lorca, o de cualquier otro hombre, esa situación de desamparo final de sus restos clama al cielo.
Desconozco el motivo por el cual se ha desistido de buscar su osamenta, y luego, tras identificarla, y con la ceremonia que reclama, darle por fin una sepultura sencilla (tampoco se trata de abogar por un panteón), con una lapida con dos fechas, pero, cualesquiera que sea el motivo, resulta miserable.
El andaluz más claro, un español universal, porque nadie que haya escrito poesía en España tiene mayor reconocimiento debido, merece de sus compatriotas una sepultura bajo una lápida, donde reposar, y, demorando la eternidad, soñar.

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